Lunes 13 de Junio

Llegamos a Máncora y en un abrir y cerrar de ojos estábamos atascados en la arena. Teníamos tantas ganas de sol y sal que no nos planteamos como saldríamos de allí después del baño.

Por suerte para nosotros, un 4×4 cuyo conductor venía de surfear, nos dio un empujón y ya fresquitos pudimos buscar un camping donde  pasar unos cuantos días tranquilos disfrazándonos de soldaditos de plomo (¿qué?).

Cuando Jorge y yo ordenábamos el coche a medio día de nuestra segunda jornada allí, escuchamos una voz familiar que decía así: “¡Jorgeeees!”

Sin lugar a dudas era Lola que servía de avanzadilla a Oskar y a  su moto “La Negrita” en cada hotel y camping que veían por la zona.

Juntos, con unas cuantas cervezas frías  y un montón de historias y risas que compartir, decidimos ir a visitar las tortugas y pelícanos que a media tarde llegan al puerto vecino del Ñiuro persiguiendo a los barcos pesqueros que vuelven cargados de atunes y otros pescados.

Oskar, no pudo evitar la tentación y compró un atún que a las brasas y para cenar, nos supo a los 4 a cielo junto a una buena ensalada y a otra cerveza fría de esas que tanto abundan cuando nuestros amigos moteros están cerca.

Un día antes de volver a la carretera aparecieron en el camping tres argentinos viajando en un Dodge también con destino Alaska que liaron a Oskar y Lola para quedarse un par de días más en la playa. Nosotros, sin embargo, decidimos ser fieles a nuestro plan y partir solos a la conquista de Ecuador para no tener problemas con el vuelo de Jorge a España desde Quito en un par de semanas.

Hicimos una breve parada en la tranquila playa de Punta Sal,

cruzamos la frontera sin más problemas que un par de funcionarios inútiles,

encaramos de nuevo la cordillera de los Andes esta vez por caminos de tierra y barro,

fotografiamos árboles gigantes y extraños a pie de carretera,

atravesamos el pueblo de El Naranjo donde nos invitaron a todo tipo de frutas y dulces desconocidos para nosotros,

buscamos y charlamos con los famosos longevos de la zona,

regateamos al Arco Iris,

y tras dos días de viaje ininterrumpido llegamos a Vilcabamba donde nos pusimos las botas y nos echamos a caminar hasta que llegamos a la cima del Cerro Mandango unas cuantas horas después.

Después de este agradable paseo por las alturas y de compartir nuestro tiempo y nuestro espacio con tanto longevo, quizás se nos haya pegado algo y sin saberlo hayamos estirado nuestra vida unos cuantos meses e incluso años compensando así tanta cerveza días atrás.

¿Quién sabe?

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