Os muestro unas cuantas fotografías de Cambutal y otras tantas sobre los diseños que realice para el hotel Kambutaleco.

Fueron días felices y tranquilos. Equilibrados y productivos. Pero como siempre, el espectáculo debe continuar.

Carretera y viento en la cara es lo que necesito.

El “Profesor” Victor y su lindisima familia.

Logo 1 “K de mariposa”.

Logo 2 “K de surf”

Disenho 1 para camiseta y pegatina.

Disenho 2 para camiseta y pegatina.

Disenho 3 para camiseta y pegatina.

 

En mi vuelta a la realidad naranja todos los temores sobre el traslado en barco mediante Ro-Ro se hicieron palpables. En alguna parte de la cadena que trajo el coche desde Cartagena de Indias a Colón, este fue patéticamente asaltado.  Se llevaron un par de recuerdos colgados, una navaja y varias herramientas más, un anillo y un par de pendientes que  olvidé  guardar en la caja de seguridad.

No fue tan mala la idea de organizar todo el interior pensando en un posible robo.  Todo lo de valor o en la caja de seguridad bajo llave o en el velero conmigo fue la estrategia que tan buen resultado me dio. Como dicen mis amigos colombianos, “no hay que dar papaya”.

Eso sí, del enfado y los gritos nadie se libró en las aduanas del puerto donde recibí  el coche totalmente revuelto. Se van a acordar de mi al menos por unos días, os lo aseguro.

La llave de contacto la arrojaron y maltrataron los torpes “cacos”  por lo que  para poder salir de ese infierno lo mas rápido posible hice un puente y me salí por la tangente.

Robé mi propio coche…

… y recorrí despacio pero firmemente y ya “desinfectado”, las varias horas de carretera hasta Panamá City parando únicamente en una gasolinera a repostar y a dar un agua a la salada carrocería. Vi de lejos la gran urbe que tan poco me apetecía  en esos momentos y realicé la segunda parada técnica en las Reclusas de Miraflores  del famoso Canal.

Allí, desde el tercer piso de una de las terrazas con menos turistas, pude disfrutar de la genial infraestructura al cruzar delante de mis atónitos ojos un carguero inmenso desde Pacífico al lago artificial de Miraflores en un tiempo mucho menor al que yo imaginaba. Lo complicado que uno lo concibe y lo fácil que parece desde allí! Manda carajo!

El resto del viaje y debido imagino a la cantidad de adrenalina acumulada pasó volando hasta que a media tarde llegué a la estación de bomberos de Guararé para pedir hospedaje.

No solo no se negaron sino que después de cenar se formó un comité turístico que me aconsejaría qué hacer y qué no hacer los días siguientes. Qué carreteras coger y cuales no. Dónde comer y dónde dormir. Qué monumentos visitar y qué personas y personajes escuchar.

Y así, gracias a los consejos de estos valientes al servicio de los bosques llegué a la Enea para en el minuto uno darme de frente con Nayda Vergara, una alegre anciana que me enseñó durante toda la mañana la artesanía más famosa de la región y casi que de Panamá, las laboriosas polleras que visten desde hace cientos de años a las  panameñas en las fiestas y datas importantes.

Nayda me paseó por el pueblo parando casa por casa y aprendiendo del trabajo de cada una de sus compañeras que alegremente emprendian el trabajo para que el llamativo turista pudiese preguntar, fotografiar y grabar a su antojo.

Visitamos las casas de unas 5 señoras dejando para la última parada y despedida su casa, donde mi guía improvisada me enseñó su parte de trabajo (la necesidad de tantas manos sube el precio de las polleras a unos 7000 dólares por unidad) en la fabricación de la prenda típica así como las camisas que con la misma técnica le borda a su hijo para que vaya a conquistar chicas el fin de semana.

Fue una mañana mágica que terminó con un gran beso y un gran abrazo. Justo lo que necesitaba para engañar a mi enfado , cambiar mi estado de ánimo  a receptivo-positivo y darle una nueva oportunidad a Panamá.

A partir de este momento, de nuevo, todo comenzó a salir a pedir de una boca, la mia.

Siguiendo los consejos de Oskar y Lola primero, y después de mis amigos los bomberos, llegué tropezando a la playa de Cambutal donde directamente fui a visitar a unos chicos vascos que regentan un hotel en la colina desde hace 5 anhos.  Charlamos un buen rato de esto y de aquello y decidimos realizar un trueque con el paso de los días fue evolucionando.

La idea inicial era cambiar unos diseños por alojamiento y comida. Pero tras una noche en una cama de lujo volví a  a la comodidad de la tienda, esta vez en la cocina de la cabaña alquilada por Xavi y Alba, dos grandes de la carretera para así cambiar el trabajo por dinero.

En realidad…..todo fue algo mas complicado, creo.  Pero bueno, la conclusión sigue siendo la misma así que….

 

Finalmente conseguí que un capitán francés aceptase mi escaso presupuesto y me llevase a Panamá  en un viaje de 4 días atravesando el archipiélago de San Blas.

Menudo viajecito!

Partimos un simpático grupo de piratas de agua dulce entre los cuales la medalla de oro se la llevó David, un simpático “chocolate suizo” que se paso los dos primeros días pegado a la borda y rechazando todo aquello que entraba en su organismo y que al tercer día protagonizó la anécdota del viaje al ser arrastrado al agua por una ola de 6 metros que atravesó el barco en una maniobra rápida para intentar esquivar un coral que el GPS no marcó.

De repente se escuchó: “Hombre al aguaaaaaaaaa” y el pánico (y la risa) se hizo dueño del velero. Se le pudo rescatar gracias a la fuerza de uno de los viajeros que había pertenecido durante años a las fuerzas armadas estadounidenses y que en otra ocasión rescato al tonto del cocinero de una muerte segura cuando este (sin saber nadar demasiado bien) decidió echarse a nadar  en sentido contrario a la dirección del barco perdiendo los nervios y las fuerzas a la tercera brazada.

La verdad que fue un viaje de locos el que me llevó  a Panamá.

Los delfines decidieron aparecer y navegar por unos minutos junto a nosotros y el capitán, ya en tierra firme, nos deleitó con carne en salsa de cebolla y unas langostas en salsa de ajo que nos trajeron al bote los indios kuna  cuando vinieron a cobrar el pequeño y más que justo impuesto por visitar sus ya escasas tierras.

Pero lo peor de todo fue el día escaso de navegación entre las islas de san Blas y el puerto de Portobelo en Panamá. Las olas crecian y crecian y el barco se movía y se movía más a cada minuto. El primero en ponerse el chaleco  salvavidas fue el “chocolatre suizo”, le seguí yo, y después de mi los dos “alfajores argentinos” que sin pensarlo dos veces se encerraron en  el camarote para suplicar a los dioses de la Mar un poco de benevolencia.

Por suerte me equivoqué y no nos hundimos en mitad del Mar Caribe. Pocas veces en mi vida me sentí tan vulnerable. Qué miedo pasé!

 

Después de semejante e  indescriptible aventura, los cuatro magníficos, David, Pedro, Dani y yo pasamos un día juntos en Panamá Ciudad antes de continuar cada uno con su camino y con su viaje.

Es la primera vez en estos tres años “y pico” de viaje que me hago un regalo semejante y sinceramente mereció la pena.

5 días entre “animales acuáticos y risas.

¿Qué más se puede pedir?

Con la ayuda de Johnattan en el puerto y fuera de el, los planes de cruzar a Panamá se concretaban cada día más.

En algún momento pareció incluso que la salida estaba próxima, pero una vez tras otra me di de frente con la falta de palabra caribeña. Aquí parece norma decir un día que sí, y dos días después echarse atrás sin ningún tipo de explicación.

Tan rápido pasaban los dias que de repente mi economía solo me permitia viajar en Roll on Roll of. Debería correr los riesgos esta vez. La suerte estaba echada.

Una vez tomada esta decisión, todo se debería acelerar o por lo menos aclarar un poco. Y así fue.

Con una empresa local que resultó ser un total desastre inicié los trámites para llegar a tiempo al próximo barco. El único problema, qué hacer mientras tanto.

Esta vez, como siempre suele suceder, la solución llego por si misma.

Manu y Santi, dos argentinos “rebuena onda” que conocí en el puerto de veleros en mis primeros días y que empiezan con una pizzeria en el barrio de Getsemani me ofrecieron trabajar con ellos a cambio de cama en el velero que cuidan (la familia de Johnattan ocupa su apartamento estos dias), comida caliente, unas monedas y un millón de risas al terminar la jornada.

No dudé ni un segundo y pronto me vi en la mejor de las compañías limpiando, pintando, recogiendo, sirviendo y sorprendiendome de la cantidad de clientes que llegaban día a día al estrecho local.

Trabajamos duro y lo pasamos bien.

Fue una experiencia maravillosa que comparti además de con Manu y Santi con la pareja argentina de viajeros Tomás y Lucia, también de paso por Cartagena.

Un gran equipo.

Nos convertimos en una pequeña gran familia y así pudimos disfrutar de unas Navidades divertidísimas sobre el velero del capitán francés que nunca conocí.

El desayuno con jugo de besos, las pinturas, las camisetas sucias como uniforme, el calor de los hornos, las manos en la masa, la falta de Coca Cola fría y la abundancia de cerveza en el local, las esperadas visitas, las idas y las venidas, las caladas sobre las murallas y las noches de plaza con guitarra se convirtieron en un abrir y cerrar de ojos en nuestra dulce condena. Una rutina bárbara.

La que en estos dias estoy conociendo, es la Cartagena de Indias que estaba buscando.

Gracias a todos los nuevos amigos por dejarme hacerlo! Gracias!

Tardé dos días en recorrer la “corta” distancia entre Bucaramanga y Cartagena de Indias debido al muy mal estado de las carreteras. Derrumbes e inundaciones son demasiado corrientes por estas fechas en Colombia.

El Sol me siguió demasiado de cerca para una vez que llegué a la “Ciudad Amurallada” desaparecer por unos días de fuertes vientos y torrenciales lluvias.

¡Qué manera de llover carajo!

Con el paso de los días el clima se estabilizaba, mi piel se ponía el traje marrón de verano y las Navieras seguían deleitándome con unos presupuestos difíciles de creer.

Al parecer, un día de barco, que es lo que se tarda a Panamá, alquilando el contenedor más pequeño, me costaría unos 1300 dólares, más o menos el mismo precio que pagué en Australia para llevar un contenedor de las mismas características a Chile en un viaje de más de un mes y medio de duración.

Las otras opciones serían un contenedor compartido con otro vehículo pagando unos 900 dólares cada propietario y un barco Roll on-Roll of por 600 dólares y arriesgándome a que dos trabajadores portuarios desconocidos (uno en Cartagena y otro en Manzanillo) conduzcan a Naranjito para entrar y salir del buque y que algún marinero curioso y deseoso de un regalo diferente para sus retoños decida apropiarse de alguno de mis numerosos recuerdos y pertenencias.

Y además, por si esto no fuese suficiente quebradero de cabeza, la cercanía de La Navidad hace que los capitanes de los veleros que hacen el viaje al puerto de Colón en Panamá para viajeros, cojan aire, hinchen el pecho y suban los precios sin ningún tipo de remordimiento.

Voy a necesitar de una dosis extra de paciencia para poder lidiar con esto sin que se me caiga el pelo. Esto sí lo tengo claro.

Es el último gran paso antes de llegar a Centroamérica y comenzar con la avenura de llegar a Canada.

Os mantendré informados.

Felices Fiestas a todos.

Jorge.

Como os prometí en la entrada anterior os muestro varias fotos del mural del Bar DASH en Bucaramanga. Personalmente me gusta mucho el resultado final.

En la primera se ve al artista Juan Cobos realizando mi retrato entre los cassettes en un lateral de la pared.

En la segunda un primer plano del retrato.

Y en la tercera una foto de grupo junto al mural ya terminado.  Compartimos sofá  y sonrisa, Omar, Álvaro, Juan Cobos, Carlos Humberto Plata y yo.

Por último, os cuento que por fin partí de Bucaramanga rumbo al Caribe. ¡Lo conseguí! Salí bien temprano junto a un grupo de amigos y escoltas que me ayudaron gracias al “comodín de la llamada” a solucionar un problema eléctirco a unos pocos kilómetros de la partida que nos retuvo por unas dos horas a un lado de la carretera y en plena subida.

Finalmente, y después de cambiar condensador , limpiar platinos, bujias y bobina descubrimos un cable desconectado en el arranque. ¿Por qué comenzar siempre por lo más complicado? Quien sabe…

Me despedí de Lina, Wiscardo, Don Carlos y Jorge, cuatro de mis muy muy mejores amigos en la capital santanderiana en un comedero frente al cruce que yo debería coger hacia el norte y salí rápido y sin mirar atrás para ver  metro a metro que mi corazón se encogía y apretaba .

Intenté despistar  a la tristeza y la jugada me salió por la culata. Los buenos recuerdos empezaron a venirme a la cabeza y de nuevo surgió la pregunta de ¿por qué? ¿por qué dejar atrás a tan buenos migos cada poco tiempo? ¿por qué pasar por esto continuamente? ¿por qué solo?

Tanto pensé y pensé que esta vez incluso cayó una lágrima de esas que no son secas y tan pocas veces aparecen en mi viaje. Realmente los amigos que esta vez dejaba atrás eran realmente especiales.

Aparecí un día de la nada, llegué a sus vidas y sin conocerme apenas lo dieron todo para que me sintiese como en casa. Me ofrecieron sus casas, sus amigos, sus familias, sus aficiones y su tiempo.

Junto a Carlos Humberto Plata me sentí unas veces  junto a mi mejor amigo,  a veces  junto a mi tío favorito  y otras tantas como junto a mi fiel camarada. La complicidad fue máxima desde el primer minuto. Pocas veces en la vida uno tiene la oportunidad de encontrarse a alguien cuya generosidad y buen corazón rebosan de tal manera. Yo a estas personas las cuento con los dedos y su amistad la guardo como el tesoro más valioso.

Y qué decir también sobre Cata, Wiscardo, Tati, Lina y Jorge, Charly, Carlos y Chona, Favio y su señora y demás amigos del “Club Tres Ruedas”.Sobre la preciosa familia de Los Plata. Sobre Omar, Álvaro, Juan Cobos, Gio y demás gamberros del DASH y de la temible noche bumanguesa. Sobre todos los empresarios que me quisieron ayudar y así lo hicieron y sobre todas aquellas personas que me paraban por la calle para felicitarme, para hacerse una foto o para comprarme una gorra con toda su buena intención.

Me guardo a Bucaramanga en el bolsillo de la camisa colorida que me compré en Bagkok, muy cerca del corazón. Y lo que es peor, prometo volver y volveré.

Gracias!!

En cuanto llegué a Bucaramanga y conocí a Carlos Humberto Plata  me di cuenta de que me encontraba delante de un súper héroe. Una persona fuera de lo común.

Nuestra única conexión hasta el momento, el viajero italiano Ilario con el que ambos habíamos coincidido meses atrás y que por cierto, ya se encuentra en Milán rodeado de los suyos.

Lo encontré en la carretera  y  reconoció a Naranjito. Me saludó desde la ventana y lo seguí hasta su apartamento. Nos hicimos buenos amigos en cuanto nos estrechamos las manos por primera vez.

Me di una buena ducha donde intente además de la mugre, deshacerme  de los malos recuerdos del  largo y accidentado viaje desde Villa de Leyva, y comenzaron las presentaciones.

El club “Tres Ruedas” de motocicletas clásicas al que Carlos pertenece me obsequió en el minuto 1 con un plato de hormigas culonas fritas, un plato típico de la región de Santander y que disfruté de lo lindo pese a que la primera vez que lo intenté una extraña mueca se dejó ver en mi cara. Nos reimos todo lo que quisimos y quedamos en rodar juntos algunos dias más tarde.

Me compraron un gran número de gorras y me regalaron también un gran número de abrazos que no olvidaré.

Visitamos juntos la famosa Mesa de Los Santos donde pude disfrutar del espectacular teleférico del Cañón del Chicamocha,

y también la Mesa de Ruitoque donde la escuela de parapente Las Águilas, haciendo gala de la siempre presente amabilidad colombiana, me obsequió con un vuelo gratis a cambio de una pegatina de su sitio sobre  Naranjito.

Nunca me había atrevido a volar, pero esta vez y arropado por un grupo de personas maravillosas y en una ciudad que tanto ya me había ofrecido, no me pude negar a guardar este recuerdo para siempre. No podía imaginar un mejor lugar para hacerlo ni tampoco mejores compañeros. Sinceramente, mereció la pena y pude disfrutar cada minuto de los cielos, las vistas  y los gallinazos (ave carroñera local que me acompañó en el vuelo) de Santander.

Las actividades del Club siguieron y gracias a los contactos de Sir Carlos conseguimos que el Pub Saxo, me ofreciese un patrocinio de 500.000 pesos y alguna que otra cerveza Apostol.

A raiz de este magistral movimiento otras ayudas aparecieron dándome una de las sorpresas más bonitas de estos más de tres años de viaje.

Comics Pizza Cañaveral aportó su granito de arena con una gran sonrisa puesta,

al igual que arroces Palata que no dudó en colaborar una vez se enteró de nuestro paso por la ciudad.

La compañía de neumáticos para 4×4 Tune y

la empresa de paintball “E” cerraron la ola de colaboraciones.

Todos ellos y sin pedir nada a cambio decidieron ayudarnos económicamente y así colaborar con al envío de Naranjito a Panamá. Un traslado de un solo día en barco que es tan costo o más que el envío entre Sydney y Valparaiso de un mes y medio de duración y que ya realicé un año atrás.

Sin duda la inexistente carretera panamericana del Tapón del Darien entre Colombia y Panamá es un gran negocio para los puertos del Mar Caribe que cierran sus jornadas con los bolsillos bien llenos gracias a todos los transportistas y viajeros cuyo recorrido pasa por unir las tres Américas. Estos puertos son su única alternativa y las versiones sobre  narcotráfico en la zona y ecologismos, creo yo, simples excusas que les dan resultado.

El periódico Gente de Cañaveral nos sacó en portada y colaboró con que la televisión Caracol se interesase en el proyecto queriendo que presentase un servidor, la nota turística semanal sobre la ciudad de Bucaramanga. En esta nota yo debería ir día tras día presentando diferentes comidas y personajes y clubes emblemáticos de la capital santanderiana, como por ejemplo el Club “Tres Ruedas” con el que visitamos la vecina localidad de Pie de Cuesta ante las cámaras de la televisión.

Además de una experiencia divertidísima que me ayudó a vender gorras en los dias futuros, sirvió para seguir ahorrando dineros de cara al futuro ya que aunque no mucho, la televisión decidió pagarme por las horas “gastadas” junto a ellos.

El último de los ingresos lo realicé gracias a un encargo del bar DASH 24 que tras ver mi libro de bocetos decidió regalarme una pared en blanco para que yo improvisase teniendo presente  la estética del local.

Teniendo en cuenta el buen gusto a la hora de escoger su música y lo colorido de sus paredes decidí dibujar un grupo de irregulares y coloridos cassettes que acompañasen el nombre del bar escrito con una textura de pelo en una sola dimensión.

¿A caso no comenzamos la mayoría de nosotros con estos ya obsoletos soportes musicales?

Me divertí mucho haciéndolo y me demostré a mi mismo que también puedo improvisar a mano alzada. En la próxima entrada os mostraré el Mural terminado junto a la colaboración del artista local Juan Cobos que realizó un retrato mio en el muro para que nuestros buenos ratos vividos allí durasen por mucho mucho tiempo.

No creo que se olviden de mi y de los chupitos que nos tomamos tan fácilmente. Yo por lo menos no los olvidaré a todos ellos…

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