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Archivo de la etiqueta: Panamá

Después de cobrar unos cuantas decenas de dólares por el trabajo de Cambutal, me dirigí a Boquete para despedirme del país gritandole gracias desde lo más alto en la montaña.

El pueblo, de mucha reputación entre los turistas, me decepcionó bastante al parecerme una barata sucursal norteamericana, un simple decorado. Una tienda de disfraces pasados de moda.

Carteles únicamente en inglés, tiendas con ropas militares, autobuses escolares al estilo Simpsons, hamburguesas y hot dogs por todas las esquinas. Un desastre!

Pero no todo fue negativo, como suele pasar. Allí, en la plaza del pueblo me encontré con un grupo de vehículos viajeros con los que compartí un par de días de cuentos al fuego lento antes de partir hacia la nueva frontera.

Tenía muchas ganas de Costa Rica y de su “Pura Vida” así que corrí muy despacio por sus malas carreteras destino de la Península de Osa y de la bahía de Drake, lo cual fue en principio, todo un fracaso.

Tres ríos cada cual más caudaloso que el anterior, muchas subidas y bajadas , una cantidad desfasada de polvo y mierda y un calentón y pequeña perdida de control  nos hicieron cambiar de opinión a la fuerza y volver por el camino ya recorrido hacia el asfalto y hacia el plan B en Puerto Jimenez.

Aunque una vez conseguimos llegar al nuevo destino en Playa Platanares el camino volvió a empeorar, conseguimos un tranquilo lugar para poner la tienda en la entrada de la casa  en venta de una familia local rodeada de monos y tucanes y lapas y bichos.

En la mañana apareció la mágia de nuevo y  se  presentó  Andrei para invitarme a su casa en primera linea de playa. Acepté y junto a su preciosa familia pasé dos días muy especiales dedicados a tomar agua de coco, a la pesca sin peces, al arroz con habichuelas y a la búsqueda de aves exóticas y monos junto al pequeño Engel Isuá.

El Momento de continuar llegó y comencé el ascenso por la carretera del Pacífico. Playa a playa y tucán a tucán fui avanzando bien despacio hasta que me encontré con Playa Dominical.

En un principió pensé en parar a descansar una sola noche por la cercanía al atardecer pero cuando pasé por la iglesia y la familia que la cuidaba me invitó a acampar en su terreno y mostrarme la zona me regalé un día más para buscar sin éxito un oso perezoso o un cocodrilo.

De ahí en adelante, una lubricación fallida y un arreglo de aro y una rotación de neumáticos,

, una familia de cocodrilos que se repartieron un ave delante de mis narices,

y un ferry hacia la Península de Nicoya donde de nuevo el viaje tomó un giro inesperadamente hermoso….

 

 

 

 

Os muestro unas cuantas fotografías de Cambutal y otras tantas sobre los diseños que realice para el hotel Kambutaleco.

Fueron días felices y tranquilos. Equilibrados y productivos. Pero como siempre, el espectáculo debe continuar.

Carretera y viento en la cara es lo que necesito.

El “Profesor” Victor y su lindisima familia.

Logo 1 “K de mariposa”.

Logo 2 “K de surf”

Disenho 1 para camiseta y pegatina.

Disenho 2 para camiseta y pegatina.

Disenho 3 para camiseta y pegatina.

 

En mi vuelta a la realidad naranja todos los temores sobre el traslado en barco mediante Ro-Ro se hicieron palpables. En alguna parte de la cadena que trajo el coche desde Cartagena de Indias a Colón, este fue patéticamente asaltado.  Se llevaron un par de recuerdos colgados, una navaja y varias herramientas más, un anillo y un par de pendientes que  olvidé  guardar en la caja de seguridad.

No fue tan mala la idea de organizar todo el interior pensando en un posible robo.  Todo lo de valor o en la caja de seguridad bajo llave o en el velero conmigo fue la estrategia que tan buen resultado me dio. Como dicen mis amigos colombianos, “no hay que dar papaya”.

Eso sí, del enfado y los gritos nadie se libró en las aduanas del puerto donde recibí  el coche totalmente revuelto. Se van a acordar de mi al menos por unos días, os lo aseguro.

La llave de contacto la arrojaron y maltrataron los torpes “cacos”  por lo que  para poder salir de ese infierno lo mas rápido posible hice un puente y me salí por la tangente.

Robé mi propio coche…

… y recorrí despacio pero firmemente y ya “desinfectado”, las varias horas de carretera hasta Panamá City parando únicamente en una gasolinera a repostar y a dar un agua a la salada carrocería. Vi de lejos la gran urbe que tan poco me apetecía  en esos momentos y realicé la segunda parada técnica en las Reclusas de Miraflores  del famoso Canal.

Allí, desde el tercer piso de una de las terrazas con menos turistas, pude disfrutar de la genial infraestructura al cruzar delante de mis atónitos ojos un carguero inmenso desde Pacífico al lago artificial de Miraflores en un tiempo mucho menor al que yo imaginaba. Lo complicado que uno lo concibe y lo fácil que parece desde allí! Manda carajo!

El resto del viaje y debido imagino a la cantidad de adrenalina acumulada pasó volando hasta que a media tarde llegué a la estación de bomberos de Guararé para pedir hospedaje.

No solo no se negaron sino que después de cenar se formó un comité turístico que me aconsejaría qué hacer y qué no hacer los días siguientes. Qué carreteras coger y cuales no. Dónde comer y dónde dormir. Qué monumentos visitar y qué personas y personajes escuchar.

Y así, gracias a los consejos de estos valientes al servicio de los bosques llegué a la Enea para en el minuto uno darme de frente con Nayda Vergara, una alegre anciana que me enseñó durante toda la mañana la artesanía más famosa de la región y casi que de Panamá, las laboriosas polleras que visten desde hace cientos de años a las  panameñas en las fiestas y datas importantes.

Nayda me paseó por el pueblo parando casa por casa y aprendiendo del trabajo de cada una de sus compañeras que alegremente emprendian el trabajo para que el llamativo turista pudiese preguntar, fotografiar y grabar a su antojo.

Visitamos las casas de unas 5 señoras dejando para la última parada y despedida su casa, donde mi guía improvisada me enseñó su parte de trabajo (la necesidad de tantas manos sube el precio de las polleras a unos 7000 dólares por unidad) en la fabricación de la prenda típica así como las camisas que con la misma técnica le borda a su hijo para que vaya a conquistar chicas el fin de semana.

Fue una mañana mágica que terminó con un gran beso y un gran abrazo. Justo lo que necesitaba para engañar a mi enfado , cambiar mi estado de ánimo  a receptivo-positivo y darle una nueva oportunidad a Panamá.

A partir de este momento, de nuevo, todo comenzó a salir a pedir de una boca, la mia.

Siguiendo los consejos de Oskar y Lola primero, y después de mis amigos los bomberos, llegué tropezando a la playa de Cambutal donde directamente fui a visitar a unos chicos vascos que regentan un hotel en la colina desde hace 5 anhos.  Charlamos un buen rato de esto y de aquello y decidimos realizar un trueque con el paso de los días fue evolucionando.

La idea inicial era cambiar unos diseños por alojamiento y comida. Pero tras una noche en una cama de lujo volví a  a la comodidad de la tienda, esta vez en la cocina de la cabaña alquilada por Xavi y Alba, dos grandes de la carretera para así cambiar el trabajo por dinero.

En realidad…..todo fue algo mas complicado, creo.  Pero bueno, la conclusión sigue siendo la misma así que….

 

Finalmente conseguí que un capitán francés aceptase mi escaso presupuesto y me llevase a Panamá  en un viaje de 4 días atravesando el archipiélago de San Blas.

Menudo viajecito!

Partimos un simpático grupo de piratas de agua dulce entre los cuales la medalla de oro se la llevó David, un simpático “chocolate suizo” que se paso los dos primeros días pegado a la borda y rechazando todo aquello que entraba en su organismo y que al tercer día protagonizó la anécdota del viaje al ser arrastrado al agua por una ola de 6 metros que atravesó el barco en una maniobra rápida para intentar esquivar un coral que el GPS no marcó.

De repente se escuchó: “Hombre al aguaaaaaaaaa” y el pánico (y la risa) se hizo dueño del velero. Se le pudo rescatar gracias a la fuerza de uno de los viajeros que había pertenecido durante años a las fuerzas armadas estadounidenses y que en otra ocasión rescato al tonto del cocinero de una muerte segura cuando este (sin saber nadar demasiado bien) decidió echarse a nadar  en sentido contrario a la dirección del barco perdiendo los nervios y las fuerzas a la tercera brazada.

La verdad que fue un viaje de locos el que me llevó  a Panamá.

Los delfines decidieron aparecer y navegar por unos minutos junto a nosotros y el capitán, ya en tierra firme, nos deleitó con carne en salsa de cebolla y unas langostas en salsa de ajo que nos trajeron al bote los indios kuna  cuando vinieron a cobrar el pequeño y más que justo impuesto por visitar sus ya escasas tierras.

Pero lo peor de todo fue el día escaso de navegación entre las islas de san Blas y el puerto de Portobelo en Panamá. Las olas crecian y crecian y el barco se movía y se movía más a cada minuto. El primero en ponerse el chaleco  salvavidas fue el “chocolatre suizo”, le seguí yo, y después de mi los dos “alfajores argentinos” que sin pensarlo dos veces se encerraron en  el camarote para suplicar a los dioses de la Mar un poco de benevolencia.

Por suerte me equivoqué y no nos hundimos en mitad del Mar Caribe. Pocas veces en mi vida me sentí tan vulnerable. Qué miedo pasé!

 

Después de semejante e  indescriptible aventura, los cuatro magníficos, David, Pedro, Dani y yo pasamos un día juntos en Panamá Ciudad antes de continuar cada uno con su camino y con su viaje.

Es la primera vez en estos tres años “y pico” de viaje que me hago un regalo semejante y sinceramente mereció la pena.

5 días entre “animales acuáticos y risas.

¿Qué más se puede pedir?

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