Tres días en Tacna fueron suficientes para darme cuenta de que el nuevo carnet de conducir internacional que volaba desde España de nuevo se retrasaría más de lo esperado. ¿Solución?, visitar la Ciudad Blanca de Arequipa, la segunda en tamaño después de Lima y la primera de la nación en cuanto a ideas nacionalistas y separatistas (tanto es así que estan promoviendo el pasaporte arequipeño).
Decidí viajar en autobús para así darle un más que merecido descanso a mi sufrido compañero y en el primer control militar de los numerosísimos del trayecto me dí cuenta de que me había olvidado el pasaporte sobre el asiento del copiloto. Tuve suerte y llegue a la estación central de Arequipa sin que ningún policía, militar o aduanero me dirigiese la palabra.
Busqué un hostel económico y comencé a explorar.
El nombre de “La Ciudad Blanca” viene dado por la común utilización de la piedra volcánica sillar en las construcciones del centro histórico de la ciudad. La presencia de este material tanto en suelos como en muros da una agradable impresión de orden y limpieza que hace que uno pueda pasarse horas y horas perdido por sus calles y plazas sin temor a que pase el tiempo y dejándose impresionar por los tres “matones” de la zona, los volcanes Misti, Chachani y Pichu Pichu que siempre desde la distancia vigilan que todo funcione en el valle.
En las concurridas calles del centro histórico se puede encontrar además de un más que reconocido y abundante patrimonio arquitectónico colonial, una gran cantidad de restaurantes internacionales, demasiadas franquicias americanas, heladerías, cafeterías para todos los bolsillos, chicas y chicos locales guaposymodernos, y un ejército de turistas que se mezclan casi sin tocarse con un numeroso grupo de indígenas que bajan de las montañas y de los campos en busca de ”un futuro mejor”.
Al dormir esta vez en un dormitorio compartido en pocas horas pude hacer algunos amigos con los que recorrer la ciudad. Mi lugar favorito como casi siempre, el mercado, donde se puede comer un menú de dos platos y bebida por 2,5 soles mientras en el piso de abajo cientos de carnicerías fruterías verdulerías y “juguerías” gritan sin medida intentando llamar la atención de los clientes.
Es de obligada visita el Monasterio Ciudadela de Santa Catalina, fundado en 1579 y que permitirá al visitante perderse en las calles del tiempo mientras conoce el estilo de vida de las novicias de la época.
La visita al Cañón del Colca la dejé para otra ocasión por falta de presupuesto.

























































