Miércoles 4 de Mayo

La corta estancia sin Naranjito me hizo ver las cosas de otra manera y esto hizo que mis ganas de carretera se multiplicaran. Necesitaba sentir el viento en la cara.

 Decidí partir.

Viajé de nuevo en autobús hasta Potosí donde recogi mi Vieja Naranja y por fin juntos y como en un viaje de novios nos lanzamos a la aventura que es nuestra rutina.

Oskar y Lola esta vez se despidieron por una buena temporada.

Los coloridos cerros y las extensos campos salpicados por pequeñas aldeas de piedra y barro hicieron del largo viaje un paseo hasta que llegando a Oruro uno de los famosísimos retenes bolivianos decidió ponerme las cosas un poco difíciles.

La única alternativa para no esperar  largas horas en la cola me pareció seguir a uno de los autobuses que ágilmente se internaba por el desierto. Me costó mucho esfuerzo volver a la carretera asfaltada pero una vez allí me di cuenta de que era el camino que debería seguir y que el atasco quedaba a mis espaldas.

Fué una buena experiencia de enduro.

¿Lo malo? que a una hora de llegar a La Paz empezó a llover cada vez más duro, y que este diluvio, desembocó en una de las peores granizadas de la historia de mi vida.

!Qué locura¡

Aún así, después de pelearme (verbalmente, claro está) con un gasolinero que se negaba a venderme gasolina por tener una matricula española, esa noche llegué a mi destino para descansar una noche antes de cambiar de pantalla de país de comida de amigos y sensaciones de nuevo en Perú.

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